jueves, 29 de junio de 2017

UNA HISTORIA DE ESPAÑA EN EL DESVÁN

O algo ha dejado de funcionar en mi mente longeva o este país nuestro ha abandonado la historia común y sus orígenes al capricho de algunas cocorotas mal informadas «o maliciosamente deliberadas» sin que yo me haya enterado.

Hay hechos históricos que en otras mentes, sin duda más preclaras que la mía, parece que excluyen ladinamente tan valiosa información o sus años de estudiantes en las épocas pretéritas y desatinadas de la LOGSE, y otras leyes semejantes, no llegaron a añadirse a su saber.
Recuerdo mi enciclopedia HSR y las cosas que en ella se contaban cuando aún no me sombreaba el bigotillo de adolescente. En aquel voluminoso y único texto de consulta en el tercer ciclo de primaria, estaba reunido y suministrado, en dosis razonables, todo el saber necesario para bandearse cultural y laboralmente como persona ilustrada y con futuro. Aquellos saberes le configuraban a uno como ciudadano apto para acceder a un trabajo o continuar estudios superiores; para relacionarse socialmente con éxito; para manejar las cuatro reglas, el sistema métrico decimal o calcular los intereses de una humilde libreta de ahorros con soltura y, de paso, explorar otros conocimientos de la historia, la ciencia, la naturaleza o, todo hay que decirlo, saber de donde venimos y adonde vamos.
De manera que repaso con nostalgia aquellas gloriosas informaciones de nuestros más remotos antepasados, «iberos y celtas» que, según decía el libro, unos y otros sólo se unían para defenderse de un peligro común. El resto del tiempo, las tribus de ambos, que ocupaban espacios repartidos en la piel extendida de toro, se pasaban el tiempo matándose entre sí, sin duda para estar entrenados en futuras contiendas de acoso invasor.
Después vinieron fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, suevos, vándalos y alanos. Incluso había una retahíla de treinta y tres reyes godos que nunca conseguí memorizar completamente. Sólo recuerdo que el primero se llamaba Ataulfo y el último don Rodrigo. A este postrero monarca le cayó el baldón de nuestro desprecio infantil por perder vergonzosamente la batalla del río Guadalete. Con ello se consumó la entrada de los árabes en la península que, como es sabido permanecieron ocho siglos con nosotros. Eso sabiendo como sé ahora que, «según los historiadores árabes» los contendientes fueron de 12 000 a 14 000 visigodos frente a 10 000 árabes. O sea, que, según algunos expertos en historia hispana y a pesar de ser los nuestros más numerosos y aguerridos, los segundos vencieron por goleada incluso después de las expulsiones por juego sucio. Incluso hay investigadores que aseguran que los generales de don Rodrigo fueron, además, víctimas de una vergonzosa traición.
También debió de influir el desastre porque parece que en tiempos de don Rodrigo, las cosas en política debían de ir tan disparatadas como lo están ahora por parte de insolidarios y necios y con la ayuda añadida de expertos en traiciones. Acaso fuera por razones de corrupción del traidor o traidores, que reclamaban lo de si el tesoro de Guarrazar es mío y te vas a acordar o cosa parecida de botines y condados felonamente hurtados, que era lo que se llevaba. Y, claro, vino el desastre. ¡Para todos, incluidos los traidores!
A partir de ese momento, entre la retirada camino de Covadonga de los primeros y repantingados sobre almohadones los segundos, mientras diseñaban barbaridades contra los cristianos, pasaron ocho siglos entre razzías y rapiñas en los campos contrarios. Hasta que una reina, castellana por más señas, le dijo al marido «esto se acabó» y, ambos decidieron pedirle las llaves de Granada a Boabdil, que las entregó sumiso en el año 1492, después de que el hombre recibiera una azotaina de su madre.
Luego han pasado muchas cosas más en el repaso histórico que, según parece se han ignorado a partir de la entrada en vigor de algunas leyes de supuesto progreso educativo hace ya décadas. Con estas, se decidió que cada mochuelo a su olivo y que la historia con la geografía se iba a estudiar por fascículos, regiones y nacionalidades. Por eso, entiendo que uno de nuestros políticos más bisoños, seguramente víctima de aquellas leyes, no sepa cómo vinieron los moros y para qué. Y le aconsejo que se lea un relato magnífico, escrito en forma de novela histórica por uno de mis ex alumnos más brillantes. Se llama Juan Ramón Moya y su libro "ECOS DE BARDULIA" disponible en
Y a poco que el interesado arañe las solapas de esta magnífica novela histórica, descubrirá que vinieron en «guerra santa» para catequizar a los hispanos infieles. Y aunque hubo ocasiones —muy cicateras por cierto— en que perdonaban la vida a quien «demostrara» haber dejado de ser infiel para convertirse en musulmán, —especialmente si era artesano habilidoso—, lo cierto es que su afición por la daga y el puñal iba mucho más allá de altruismos religiosos. No, no estaban por hacer encuestas para ver quien levantaba el brazo y se borraba de cristiano para convertirse en musulmán, porque sus preferencias por masacrar, destrozar bosques y cosechas, destruir haciendas y poblados y, por —este orden— encadenar niños y mujeres con destino a los harenes y esclavizarlos en las labores más inmundas y vejatorias, eran prioridades incuestionables.
A todo esto, hay que añadir, como era por otro lado habitual en todas aquellas guerras, la carga de botines y tesoros, previa destrucción sistemática de alquerías, templos, abadías, castillos, fortalezas, ciudades, aldeas, aunque ello significara demorar en exceso el retorno a sus bases de operaciones. Incluso arrebañar ganados y animales domésticos de todo tipo: gallinas, conejos, cabras, bestias de labor y tiro, alimentos, armas, herramientas y, para completar sus victorias, añadir a la punta de sus lanzas las cabezas de los vencidos.
«Piden al yihadismo que "al menos sea laico" ¿¿¿???»

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