lunes, 6 de agosto de 2018

A Visit To Lisbon

A Visit To Lisbon: 'Lisbon Moves' is a short film from photographer Alex Soloviev that does a wonderful job of capturing the energy of the city of Lisbon, Portugal.

lunes, 7 de mayo de 2018

EL SUEÑO DE UNA CANTERA

VIII CENTENARIO DE LA COLOCACIÓN DE
LA PRIMERA PIEDRA DE LA CATEDRAL DE BURGOS

No sé por qué secreta razón, siempre me han interesado las piedras labradas, desde que, aun muy niño, pensaba que los gigantescos templos de mi pueblo alguien los había puesto allí y no habían aparecido en la villa por generación espontánea. Pronto supe que aquellas moles habían sido obra de arquitectos, escultores, canteros y peones que llevaron a cabo, entre cálculos, cinceles y tesón, lo de convertir pacientemente una cantera en poesía.

Tenía yo, acaso siete años, cuando conocí a un hermano de mi abuelo paterno, que apareció por mi casa por primera y única vez en su vida. Años más tarde, poco tiempo antes de fallecer, le visité tendido sobre la cama en un largo pasillo de ancianos que, como él, estaban acogidos en Hospital Provincial de Burgos. Había sido cantero toda su vida y seguí estando soltero, a pesar de lo que a mi me parecían sus muchísimos años viviendo en soledad. Venía desde su lugar de origen, en una de las numerosas aldeas del Valle del Pas, en Cantabria, desde donde había venido a nuestra casa. Su presencia me fascinó, especialmente cuando me hizo el relato de su oficio de cantero y el destino de las piedras que, una vez modeladas y ensambladas, colocaba para construir hermosos edificios, presididos por escudos nobiliarios o de familias de indianos enriquecidos.

Pues bien, mi entusiasmo inicial se convirtió en perplejidad, cuando me mandó con unas pesetas a la cantina para comprar un cuartillo de vino. Así lo hice y descubrí la urgencia que le acosaba; mi madre le había preparado un desayuno, en un generoso tazón de leche de oveja y sopas de pan de hogaza, y parece que él echaba de menos algo que me dejó pasmado. Con la botella de vino tinto que yo le traje, vertió el contenido sobre el tazón y así dio cuenta de semejante mejunje. Lo cierto es que dio cuenta de aquella mezcla de leche, pan y vino en un santiamén. Era el tío Menda; un personaje famoso en todos los valles pasiegos. Su hermano, mi abuelo Segundo, también tuvo que ver con las piedras. Aquellas, las redondas de los molinos en los cauces, que periódicamente picaba para conseguir la máxima calidad en las moliendas. Fue una especie de alma inquieta en cuanto que recorrió numerosos molinos de la provincia de Burgos, y en uno de ellos vino al mundo mi padre.

Y, finalmente, no puedo por más que reconocer mi entusiasmo ante los trabajos de los canteros gallegos que pacientemente, y golpe a golpe, construyeron el colegio en piedra de mi pueblo y que, entre ansiedades y entusiasmos yo veía crecer cada día. Nunca lo estrené de niño, pero si lo disfruté de maestro.

Todo esto me lleva a mi afición por las piedras convertidas en versos después del regalo generoso de las canteras. Todos nos entusiasmamos ante la maravilla de nuestra catedral burgalesa, pero me gusta ir más allá; pocas veces dejo de echarla un vistazo en mis paseos diarios. Y nunca olvido la tarea de los artífices, que completaron tan airoso poema: arquitectos, escultores, canteros, peones que, entre la fe, el arte y el coraje de todos, nos legaron semejante maravilla. Ochocientos años van a cumplirse enseguida y esta he querido que fuera mi humilde aportación, para una celebración con el orgullos de haber nacido en esta tierra sagrada.

jueves, 29 de junio de 2017

UNA HISTORIA DE ESPAÑA EN EL DESVÁN

O algo ha dejado de funcionar en mi mente longeva o este país nuestro ha abandonado la historia común y sus orígenes al capricho de algunas cocorotas mal informadas «o maliciosamente deliberadas» sin que yo me haya enterado.

Hay hechos históricos que en otras mentes, sin duda más preclaras que la mía, parece que excluyen ladinamente tan valiosa información o sus años de estudiantes en las épocas pretéritas y desatinadas de la LOGSE, y otras leyes semejantes, no llegaron a añadirse a su saber.
Recuerdo mi enciclopedia HSR y las cosas que en ella se contaban cuando aún no me sombreaba el bigotillo de adolescente. En aquel voluminoso y único texto de consulta en el tercer ciclo de primaria, estaba reunido y suministrado, en dosis razonables, todo el saber necesario para bandearse cultural y laboralmente como persona ilustrada y con futuro. Aquellos saberes le configuraban a uno como ciudadano apto para acceder a un trabajo o continuar estudios superiores; para relacionarse socialmente con éxito; para manejar las cuatro reglas, el sistema métrico decimal o calcular los intereses de una humilde libreta de ahorros con soltura y, de paso, explorar otros conocimientos de la historia, la ciencia, la naturaleza o, todo hay que decirlo, saber de donde venimos y adonde vamos.
De manera que repaso con nostalgia aquellas gloriosas informaciones de nuestros más remotos antepasados, «iberos y celtas» que, según decía el libro, unos y otros sólo se unían para defenderse de un peligro común. El resto del tiempo, las tribus de ambos, que ocupaban espacios repartidos en la piel extendida de toro, se pasaban el tiempo matándose entre sí, sin duda para estar entrenados en futuras contiendas de acoso invasor.
Después vinieron fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, suevos, vándalos y alanos. Incluso había una retahíla de treinta y tres reyes godos que nunca conseguí memorizar completamente. Sólo recuerdo que el primero se llamaba Ataulfo y el último don Rodrigo. A este postrero monarca le cayó el baldón de nuestro desprecio infantil por perder vergonzosamente la batalla del río Guadalete. Con ello se consumó la entrada de los árabes en la península que, como es sabido permanecieron ocho siglos con nosotros. Eso sabiendo como sé ahora que, «según los historiadores árabes» los contendientes fueron de 12 000 a 14 000 visigodos frente a 10 000 árabes. O sea, que, según algunos expertos en historia hispana y a pesar de ser los nuestros más numerosos y aguerridos, los segundos vencieron por goleada incluso después de las expulsiones por juego sucio. Incluso hay investigadores que aseguran que los generales de don Rodrigo fueron, además, víctimas de una vergonzosa traición.
También debió de influir el desastre porque parece que en tiempos de don Rodrigo, las cosas en política debían de ir tan disparatadas como lo están ahora por parte de insolidarios y necios y con la ayuda añadida de expertos en traiciones. Acaso fuera por razones de corrupción del traidor o traidores, que reclamaban lo de si el tesoro de Guarrazar es mío y te vas a acordar o cosa parecida de botines y condados felonamente hurtados, que era lo que se llevaba. Y, claro, vino el desastre. ¡Para todos, incluidos los traidores!
A partir de ese momento, entre la retirada camino de Covadonga de los primeros y repantingados sobre almohadones los segundos, mientras diseñaban barbaridades contra los cristianos, pasaron ocho siglos entre razzías y rapiñas en los campos contrarios. Hasta que una reina, castellana por más señas, le dijo al marido «esto se acabó» y, ambos decidieron pedirle las llaves de Granada a Boabdil, que las entregó sumiso en el año 1492, después de que el hombre recibiera una azotaina de su madre.
Luego han pasado muchas cosas más en el repaso histórico que, según parece se han ignorado a partir de la entrada en vigor de algunas leyes de supuesto progreso educativo hace ya décadas. Con estas, se decidió que cada mochuelo a su olivo y que la historia con la geografía se iba a estudiar por fascículos, regiones y nacionalidades. Por eso, entiendo que uno de nuestros políticos más bisoños, seguramente víctima de aquellas leyes, no sepa cómo vinieron los moros y para qué. Y le aconsejo que se lea un relato magnífico, escrito en forma de novela histórica por uno de mis ex alumnos más brillantes. Se llama Juan Ramón Moya y su libro "ECOS DE BARDULIA" disponible en
Y a poco que el interesado arañe las solapas de esta magnífica novela histórica, descubrirá que vinieron en «guerra santa» para catequizar a los hispanos infieles. Y aunque hubo ocasiones —muy cicateras por cierto— en que perdonaban la vida a quien «demostrara» haber dejado de ser infiel para convertirse en musulmán, —especialmente si era artesano habilidoso—, lo cierto es que su afición por la daga y el puñal iba mucho más allá de altruismos religiosos. No, no estaban por hacer encuestas para ver quien levantaba el brazo y se borraba de cristiano para convertirse en musulmán, porque sus preferencias por masacrar, destrozar bosques y cosechas, destruir haciendas y poblados y, por —este orden— encadenar niños y mujeres con destino a los harenes y esclavizarlos en las labores más inmundas y vejatorias, eran prioridades incuestionables.
A todo esto, hay que añadir, como era por otro lado habitual en todas aquellas guerras, la carga de botines y tesoros, previa destrucción sistemática de alquerías, templos, abadías, castillos, fortalezas, ciudades, aldeas, aunque ello significara demorar en exceso el retorno a sus bases de operaciones. Incluso arrebañar ganados y animales domésticos de todo tipo: gallinas, conejos, cabras, bestias de labor y tiro, alimentos, armas, herramientas y, para completar sus victorias, añadir a la punta de sus lanzas las cabezas de los vencidos.
«Piden al yihadismo que "al menos sea laico" ¿¿¿???»

lunes, 26 de junio de 2017

BRICOLAJE EN EL CARRIL BICI


Un Boy Scout en el carril bici

Esta mañana me he convertido en boy scout, para llevar a cabo una tarea por la que se acredita a estos chicos de ambos sexos como ejemplos sociales de ayuda a los demás.

Lo cierto es que, con las recias lluvias y los vientos de los últimos días, es inevitable que algunas ramas se desprendan de los árboles próximos,  y caigan sobre el carril con riesgo de respingo ciclista, especialmente si uno va pendiente de los «smarthphones» y sus «whatsapps» —como, con alarma, observo a menudo, porque, incluso hay quien deja el manillar abandonado a su albedrío, mientras las manos atienden a los arrumacos telefónicos—.

Sin embargo, el asunto de hoy —y pasadas varias jornadas sin solución—, un tramo del carril estaba cubierto peligrosamente de cristalitos, que me han hecho pensar en el riesgo múltiple de su presencia, por este orden: para las cubiertas de las bicis y scooters ortopédicos, los carritos de bebés, los y las atletas camino del record de los cinco mil, los chicos y chicas de los patines y las tablas, los niños que aún titubean con sus pocos metros de experiencia ciclista y, finalmente de mis amigos los canes que vuelan en busca de la pelota sin mirar en donde plantan sus pezuñas. 

Que ¿dónde está el Boy Scout? Pues pensando en un remedio inmediato y eficaz para añadir la limpieza de carriles bici a su lista de obras buenas. Y no es fácil porque el más inmediato, aunque arriesgado, es utilizar los dedos para tan peligroso menester, porque lejos de ser eficaz, tampoco es como para un servidor al que le gusta rasgar la guitarra que, como es sabido, se hace con los dedos indemnes.

Se decía en mis tiempos aquello del hombre previsor que vale por dos. Y yo llevo una bolsa repleta de chismes para casos de emergencia mecánica, e incluso una brújula para no perderme en mis correrías ciclistas. En cuanto a recursos materiales, siempre llevo un rollo de cinta aislante y aquí es donde se me ha encendido la bombilla; con sendas tiras de este material colocadas sobre los cristalitos por el lado del engomado, la cosa puede resultar eficaz, como así ha sido, hasta con los trozos más menudos. 

Incluyo muestra gráfica del proceso.




Sin embargo, siempre existe el riesgo de cometer alguna torpeza imprevista, especialmente en tiempos de ira mal contenida, como parecen serlo en estos tiempos; y mi error ha sido, aunque evidente e inevitable, invadir el carril salpicado de vidrios y con ello provocar el enfado incontenible de un ciclista airado al que yo estorbaba con mi invasión limpiadora.  

Pero la cosa ha discurrido por cauces  serenos y comprensivos cuando ha comprobado en que consistía mi buena obra de Boy Scout. Cuando ha descubierto que no se me habían caído monedas, llaves o cosa parecida, con mirada perpleja, comprensiva y alentadora, ha retirado el rosario de improperios que ya me tenía destinados y los ha trasladado a quién tiró los vidrios y escurrió el bulto. Ya se sabe, algún que otro exabrupto de tamaño  XXXL salido de su ira comprensible.

jueves, 15 de junio de 2017

TRECE Y MARTES




13 y martes

Hoy la bicicleta y yo nos hemos caído "al alirón". Tampoco se alarme nadie porque esta caída, además de compartida, ha sido una broma —eso sí, comedida—, del subconsciente. Y como siempre hay un porqué por el que comienza un lance vital, voy a explicar el mío.
La contemplación admirada de un perro jubiloso, de estampa armoniosa y mirada alegre, no se si es, en mi caso, un signo de debilidad o una estimulante alternativa al desencanto. Lo cierto es que me producen una sensación de placidez y encanto las acrobacias y carreras de estos cánidos, capaces de las más espectaculares cabriolas y de la más atractiva y sumisa de las respuestas cuando se les somete a la muestra de sus habilidades, aprendidas pacientemente de sus dueños. Nada que ver con la alocada carrera en busca de nuestras pantorrillas cuando los perros de mi infancia ante nuestra presencia, pedaleando o corriendo, eran siempre un mal sueño temido y rechazado.
Sin embargo, a estas alturas en situación de  «jubilado ocioso», estoy viviendo los más fascinantes y hermosos valores de este amigo incondicional del hombre, a través de múltiples presentaciones en videos o secuencias diarias en vivo. Y mis reacciones han cambiado para bien y, de qué modo; porque, sujetos o no a la correa, los canes retozando alegres sobre las márgenes verdes paralelas al carril bici que frecuento, son para mí el mayor deleite.
Hoy ha sido una perrita «carea castellana»; de atractiva presencia, negra, de pelo rizado, carreras y saltos incansables y mirada vivaz la que me ha encandilado desde la distancia. A medida que me aproximaba a sus jugueteos en la hierba, mi ojo imprudente ha seguido sus devaneos y, el cerebro, ajeno a mi insistencia en perseguirla con la mirada, me ha aproximado en exceso a los bordes del carril y, malamente superado, la bicicleta y yo hemos aterrizado sobre el césped.
Arrastrarme sobre el suelo siempre ha sido una disposición que he puesto al servicio de mis nietos, pero enderezar mi figura ha sido y es harina de otro costal. Y como sigo pensando que la bondad y la solidaridad son  parejas y abundantes, de inmediato han acudido amo y can para confirmarlo y echarme una mano; el muchacho, amable, solícito y consolador me ha enderezado la humanidad, la dignidad y la bicicleta; porque su mirada consoladora ha querido ir más allá de su ayuda física y me ha asegurado que tampoco él se ha librado de algún percance semejante en bicicleta. Y el perro, con la cabeza ladeada y sentado ante mí sobre las patas y porque así lo he querido interpretar en su mirada compasiva, me ha preguntado por el resultado de mi estropicio. —No me ha pasado nada, le han contestado mis ojos. Si acaso, la destreza herida.
Mil gracias para dos amigos desconocidos que me han proporcionado, una vez más, el rescate de la confianza en ambas especies.
Se me olvidaba; hoy es martes y trece. Espero que el lance no haya tenido nada que ver con supersticiones ni veleidades de horóscopo, porque en mi casa siempre hubo un gato negro azabache y, aunque salvando sus diferencias de talante con los canes, siempre fuimos muy buenos amigos.
De manera que por muchos martes que aparezcan colgados de un 13 en el calendario, si el vigor y los años me lo permiten nunca dejaré de pedalear por el carril, Especialmente sabiendo que siempre habrá algún perro con quien disfrutar. 


2017, junio, martes y 13

egs






 Para conocer más sobre este magnífico perro pastor, pinchar en este enlace:
http://www.perrocareacastellano.com/caracteristicas-1/caracter/

viernes, 9 de junio de 2017

ECOS DE BARDULIA


AUCA 
(Villafranca Montes de Oca)
"…Auca no era sino una pequeña y pujante urbe apiñada en lo alto de un estratégico macizo rocoso que dominaba el desfiladero abierto por el río llamado Vesica, cuyas aguas abrazaban el robusto promontorio pétreo por dos de sus lados. Apoyada sobre las estribaciones norteñas de los montes Distercios, escondida entre bosques y bien protegida por los cerros circundantes, se alzaba sobre un valle estrecho rodeado de densos hayedos y robledales antes de abrirse a los campos despejados que miraban a la extensa campiña de la Burovia, controlando desde antiguo el paso de todo aquel que se internara en el corazón de la sierra.
Frente al primitivo castro autrigón situado al otro lado del desfiladero, los romanos habían fundado varios siglos atrás la ciudad a la que habían dado el nombre de Auca Patricia. Al abrigo de la urbe fronteriza comenzaron a establecerse numerosas granjas, alquerías y un importante entramado administrativo, religioso y militar, que romanos y godos habían utilizado como punto neurálgico desde donde poder controlar la ancestral insumisión de los levantiscos clanes vascones y cántabros, tradicionalmente en continua y abierta rebeldía.
Abierta al llano y a la montaña, Auca ofrecía un amplio dominio visual sobre los antiguos caminos romanos que confluían cerca de la ciudad: la calzada que, hacia el Oeste, se dirigía por Cerasio al encuentro de la gran Vía Aquitana que discurría por el valle del río Ibero, camino de Cesaraugusta, y la que llegaba por el norte desde Verviesca, internándose en la sierra hacia Lara y Clunia por el paso natural abierto en el río Vesica, único camino franco para adentraras en aquella espesura impenetrable.
El tortuoso recorrido a través del barranco —apenas una senda excavada en la roca que tan solo permitía el paso de asnos y personas—, y las crecidas invernales que lo convertían en un paso impracticable, hacían preferible ascender hasta la mole caliza y atravesar la ciudad para acceder al otro lado del valle. Auca trataba de recuperar el esplendor vivido antes de la invasión musulmana del año 711. Durante aquel ya lejano tiempo de tribulación, la ciudad se había convertido en una de tantas plazas ocupadas por los contingentes bereberes que conformaban la línea defensiva establecida por el poder musulmán para vigilar a los cristianos refugiados tras las montañas cantábricas.
Muchos habían huido hacia los montes, quedando la ciudad escasamente habitada por aquellos pocos que prefirieron someterse mediante el pago de tributos, como la yicia y la jaray, y la firma de pactos que garantizaban seguir practicando su religión y sus costumbres cristianas. Abandonada décadas más tarde por los bereberes a causa de sus conflictos con la aristocracia árabe, Auca había sufrido un nuevo revés durante las campañas de Alfonso el Cántabro. Después de desmantelar ciudades como Veleia, Mave, Amaia, Mirandam o Revendeca, el rey astur entró en Auca sin resistencia un día plomizo de otoño. Como había hecho ya en el resto de plazas, eliminó cualquier rastro musulmán y se llevó con él a los hombres más eminentes y a las gentes más reputadas y cultas. Desalojó la diócesis aucense sin contemplar ningún escrúpulo religioso e «invitó» a marcharse al obispo Valentín y a muchos de sus abades, dejando abandonada a su suerte a los que no quisieron acompañarle, en general gentes pobres e incultas.
Aquellos hombres que iban con él, diestros en las labores del campo, con sus aperos y animales de labranza, repoblarían los territorios más cercanos a su reino como Trasmiera, Primorias, Liébana, Sopuerta y Carranza. Auca había quedado desde entonces sumida en el abandono, ignorada en mitad de una tierra de frontera y a merced de las incursiones de cualquiera de los dos bandos, alejada de la capital del reino astur y de las preocupaciones de unos soberanos ocultos tras las cumbres de la gran cordillera cantábrica, más interesados en mantener unas relaciones pacíficas con el emir omeya de Córduba, Abd al-Rahman al-Dahlil.
La ciudad parecía condenada a un olvido definitivo. Pero, como si fuera rescatada por un designio divino, un puñado de monjes mozárabes huidos del sur, encabezados por su impetuoso abad Fredoario, la habían hecho resurgir milagrosamente de sus cenizas. Llevados por el latido de su fe y el fuego de su devoción, trayendo consigo sus preciados códices y tomando aquellas tierras, aquellos bosques y aquellas ruinas en el nombre de Dios comenzaron a levantar viejas ermitas, a arar la tierra y a reunir ganado en torno a la antigua urbe.
La noticia de su asentamiento, la atracción de Auca como vieja capital de la región y la propia personalidad de Fredoario sirvieron como reclamo para que campesinos y pastores bajaran de los montes deseosos de la protección espiritual del abad. A la sombra del monasterio surgieron pequeños asentamientos, cultivos y huertas, comunidades de hombres libres que descendían de las montañas en busca de una tierra fértil aunque siempre amenazada por las imprevisibles incursiones musulmanas. Así, godos desarraigados, antiguos siervos, cristianos huidos del sur y gentes aventureras atraídas por la promesa de una vida mejor llegaron de todas partes, viviéndose un tiempo de bonanza y prosperidad que Fredoario supo aprovechar para impulsar el desarrollo de Auca.
Pronto se multiplicaron las granjas y pequeños poblados alrededor de la ciudad. Se reparaban las viejas murallas. Dueños de rebaños y nobles ganaderos realizaban sus negocios en torno a ella, organizando pequeños grupos armados encargados de la defensa de la región y de sus rebaños. Ahora, en el año 791 del nacimiento de Jesucristo, el tercero del reinado de Bermudo, llamado «el Diácono», Auca era una ciudad en constante crecimiento donde vivían ya algo más de medio millar de personas; una ciudad que prometía recuperar el esplendor y dinamismo de otros tiempos. El paulatino aumento de la población había favorecido el desarrollo de las actividades tradicionales y del pequeño comercio basado en el intercambio de productos, lo cual había atraído a su vez a numerosos vendedores y artesanos, abriéndose nuevos talleres de carpinteros, curtidores, fraguas e incluso posadas y cantinas donde, aunque fuera algo que los monjes no veían con buenos ojos, corría el vino a raudales.
No era extraña tampoco la presencia de mercaderes musulmanes, pues el intercambio de mercancías comenzaba a ser importante. Todo ello hablaba de la 75 prosperidad que Auca había alcanzado durante aquellos años de inesperada paz. Ciertamente, las divisiones internas en el seno del emirato habían facilitado una cierta expansión del naciente reino astur y, desde el Norte, hombres, mujeres, familias enteras, multitud de cristianos habían cruzado la frontera natural marcada por el río Ibero y las sierras meridionales que lo bordeaban, expandiéndose incluso por la desprotegida llanura de la Burovia, levantando nuevas aldeas y reocupando viejos edificios romanos.
De todas partes llegaban hombres libres en busca de un sueño, hombres audaces y de espíritu aventurero que buscaban una nueva vida en libertad, ocupando una tierra fértil y peligrosa en nombre de Cristo y de su rey. Un monarca que, sin embargo, quedaba muy lejano, pues la presencia de la corte asturiana se limitaba a esporádicas escapadas militares a la frontera y a una labor diplomática consistente en mantener la fidelidad de los distintos líderes locales en una región mal comunicada y demasiado alejada de la capital del reino. Por esa razón la frontera se convertía también en la única esperanza para muchos forajidos y desterrados, y por ello, también en un lugar turbulento y violento. Hasta allí llegaban ladrones, vagabundos, fulleros, buscavidas, rameras y gentes de mal vivir, atraídos por el afán de aventura y la búsqueda de botín.
Los montes Distercios se habían ido llenando de hombres fieros y montaraces que campaban a sus anchas fuera de toda ley, viviendo del robo, del saqueo y de la rapiña. En Auca había llegado a crearse una milicia comunal para que pusiera remedio a la iniquidad, la violencia y el pillaje, tratando de impedir que la urbe se convirtiera en un peligroso foco de pendencias, atrayendo a hombres acostumbrados a guerrear ofreciéndoles tierras a cambio de la obligación de defender la ciudad. Aunque eran ellos mismos quienes, tras una mala cosecha, no les quedaba más opción que recurrir al saqueo y al pillaje en las aldeas de los sarracenos para sobrevivir. La situación en la frontera había dado tal giro en los últimos años que la iniciativa la llevaban ahora aquellas bandas armadas de cristianos que actuaban con total impunidad, sin autoridad que las controlara y sin rendir cuentas a nadie.
Amparándose en la sorpresa, en la rapidez y eficacia de sus incursiones, y conscientes del temor que infundían entre los moros, recorrían a caballo la frontera, atacando granjas y caravanas, apoderándose de rebaños, ganados y cosechas, buscando acción allí donde se extendía el último confín cristiano. Era la raya, la marca, el punto de fricción donde todo valía y donde se confrontaban dos maneras diferentes de pensar y de vivir. No faltaban encuentros y escaramuzas, pero las antaño frecuentes algaradas musulmanas eran cada vez menos habituales y rechazadas fácilmente.
Rara vez se atrevían a alejarse de sus fortalezas si no era un grupo numeroso de guerreros bien armados. Eran las armas cristianas las que dominaban ahora las orillas del curso alto del río Ibero. Hacía tiempo que la guarnición mora de Cerasio, establecida para impedir cualquier revuelta y el cobro periódico de tributos, se había retirado, dejando como punta de lanza las fortalezas de Garanun y Ebrellos, situadas algo más al este y bajo el control de los clanes muladíes, principalmente de la familia Banu Qasi. Desde sus atalayas, los musulmanes se conformaban con controlar los espacios abiertos y los montes más cercanos, vigilando cualquier movimiento militar que pudiera afectar a sus tierras e intereses. Eran ya raras las visitas de grupos de guerreros árabes que osaban adentrarse en sus correrías más allá de las primeras estribaciones montañosas, como lo habían hecho…"
ECOS DE BARDULIA - 
(El Brazalete Dorado)





He vivido con intensa emoción el alumbramiento de un hermoso libro al que, durante algunos meses previos al nacimiento, he prestado la mayor atención, conocida la hazaña de su autor. Juan Ramón Moya compartió conmigo el esfuerzo común de su formación escolar  en el Colegio «Apóstol San Pablo» de Burgos del que fue alumno. En este centro, alumno y maestro, dimos vida definitiva al centro recién nacido en el que yo ejercía mi tarea docente.
No tengo el propósito de realizar semblanza alguna de su talante humano ni de las virtudes que le adornan. Porque a su incuestionable virtud de castellano recio y prudente se añaden los valores de la investigación, diseño y relato que muestra con especial maestría en su primera obra escrita y editada. 
Para quienes tenemos el orgullo de haber nacido en estas tierras burgalesas, el relato en forma de novela histórica de Juan Ramón nos pone en contacto con nuestros orígenes castellanos en la época más brutal de la dominación árabe. En ella, la vida de nuestros antepasados estaba sometida permanente a la lucha por la supervivencia y amedrentada por el acoso invasor dispuesto a impedir que ni las margaritas de la primavera crecieran libremente en aquellos campos que, para nosotros, son tierras sagradas.
Tierras y lugares con nombres entrañables que discurren a lo largo de las hermosas páginas del libro y que nos sitúan en nuestros orígenes y condición de herederos de aquellos hombres y mujeres de los que portamos genes y genios.
Sin ser exhaustivo, a continuación figuran algunos especialmente entrañables para quienes tenemos el privilegio de seguir cubiertos por el mismo azul que iluminó sus esperanzas y ensombreció sus desdichas:

—Auca: Antigua ciudad próxima a Villafranca Montes de Oca,
—Bardulia: Nombre con el que se conocía el primitivo territorio que se llamó Castilla;
—Berbeia: Peñas de Berbeia, cerca de Sobrón;
—Burovia: Bureba;
—Campos Góticos: Actual Tierra de Campos;
—Cerasio: Actual Cerezo de Tirón;
—Ebeia: Posible nombre de Ibeas de Juarros;
—Ebrello: Ibrillos;
—Fredas: Frías;
—Garanon: Grañón;
—Hoz de Flavio: Desfiladero del río Purón, en Herrán;
—Lebana: Liébana;
—Meuma; Actual Mioma, cerca de Valpuesta;
—Monte Sagrado: Nombre imaginario de la sierra de Atapuerca;
—Montes Aubarenes: Montes Obarenes;
—Obarto: Castrobarto;
—Pontecurvo: Pancorbo;
—Río Ibero: Uãdi Ibru por los árabes. Río Ebro;
—Río Horone: Río Orón;
—Río Mayor: Nombre imaginario del río Arlanzón;
—Río Turón: Río Orón;
—Río Vesica: Río Oca;
—San Felices: Actuales ruinas del monasterio de San Félix de Oca;
—Torruco: Nombre con el que se conocía el pico San Millán, en la Sierra de la Demanda;
—Tetelia: Castillo de Tedeja, junto a Trespaderne;
—Valle Composita: Valpuesta en los documentos antiguos:
—Valle de Gaubea: Valle de Valdegovía;
—Valle de Tubal: Valle de Tobalina;
—Verviesca: Briviesca
…/….
El propósito del autor es que toda la historia que se desarrolla en forma de novela histórica en torno a uno de los enclaves más relevantes de nuestra provincia burgalesa, como lo fue Auca, esté a disposición de quien desee el acceso al libro puede hacerlo en forma de tapa blanda (libro impreso) o en versión Kindle. Para ello basta acceder a Amazón en su buscador de Internet y, en la casilla correspondiente a libros, escribir el título: Ecos de Bardulia.

-Papelería Mafalda (Av/ Eladio Perlado)
-Librería La Llave (Parque Fdo. de Rojas)
-Librerías Luz y Vida (Laín Calvo)
-Librería Santiago Rodriguez (Plaza Mayor y Alcampo)
-Librería Espolón (Paseo Espolón)
-En Casa Rural "El Cauce", San Medel

En Internet:


domingo, 5 de marzo de 2017

LO QUE ES LA LIMPIEZA



           

He decidido inaugurar esta sección porque la cosa da para mucho. La pasada semana, por ejemplo, me demostró hasta que punto los afanes de pulcritud pueden provocar efectos colaterales imprevisibles. Y estos son los hechos que dan lugar a este aserto:

Mi ruta de aquel día estaba planificada con dirección a Villimar. Hasta allí conduce un magnífico carril-bici para ciclistas conservadores como es mi caso; muchas rectas, pocas curvas y desde luego ningún repecho.

Delante de mí, observo la magnífica estampa de un colega cicloturista, impecablemente vestido ―casco esmaltado, brillante sudadera, malla de campeón y zapatillas gore-tex de corredor avezado―. Sólo una mácula en la bicicleta y es que las llantas de ambas ruedas están cubiertas con muestras polvorientas de pedaladas más rurales. Pero aquí está la solución para nuestro amigo porque junto al carril se extiende el verdor de los setos recién empapados que le invitan a liberar la suciedad de las ruedas.

Abandona el carril e invade el césped. Pedalea parsimonioso pensando que la humedad eliminará el polvo acumulado. Pero el césped clama venganza por semejante intrusión y le esconde bajo la espesa hierba un traidor calvero que rezuma humedad y barro. Ignorante de semejante trama, y después de un breve rodar, nuestro ya alarmado ciclista descubre que, en donde había polvo, ahora hay barro y, peor aún, una pella de origen canino recién descargada se une a la venganza del calvero. Ambas ruedas, entre fangosas y fétidas, presentan ahora un aspecto deplorable y decide recuperar el carril.

Sobre el firme, sacude las ruedas con inusitado ímpetu para liberarlas de la carga, pero apenas consigue su propósito. Y es ahora la cadena la que se resiente de semejante violencia desprendiéndose de la rueda catalina. Ahora nuestro hombre tiene tres enemigos a batir; el barro, las heces del can y la grasa de la cadena en sus manos. No es posible acumular tanta desdicha en tan pocos minutos y después de lanzar algunos exabruptos decide darse por vencido. Monta sobre su máquina para regresar por donde ha venido y, paralelos a su rodar, se unen ladrando dos chuchos minúsculos, quizá atraídos por la estela de los “efluvios” rodantes, dispuestos a completar la más que rebasada exasperación que lleva el muchacho encima.