viernes, 26 de junio de 2015

PEDRO MARÍA DE LA IGLESIA

Andaba yo por los siete u ocho años acudiendo cada día a mis deberes escolares en aquellas aulas desperdigadas por la villa en las que la luz y la alegría eran un lujo y la palmeta un enemigo declarado. Eran tiempos repletos de penurias y acosos a la pedagogía más conciliadora y todo eran sueños en nuestras mentes infantiles agobiadas. Pero un día el hada madrina de los niños  de mi pueblo deslizó su vara mágica sobre “los poderes públicos” y estos decidieron iluminar nuestro futuro construyendo un edificio escolar nuevo. Amplio, diáfano, acogedor, en el que pudieran caber todas nuestras ilusiones contenidas. Y buscaron una parcela y la llenaron de canteros y piedras. Y unos y otras empezaron a revelar su entraña mágica para dar forma a tan atrayente promesa.  Aún tengo grabada en mi mente la imagen de aquellos tallistas gallegos modelando piedra a piedra nuestro castillo encantado. No eran más que poliedros pétreos para encajar entre sí pero a mí me fascinaba su trabajo y sobre todo el futuro de aquel esfuerzo. Y desde entonces, cada vez que contemplo extasiado tanta maravilla en piedra como adorna nuestras pueblos castellanas, me imagino a los escultores de siempre que, como mis admirados gallegos, golpearon con mimo aquellos privilegiados trozos de cantera para darles vida y emoción.

Pues bien, acaso este preámbulo proyecte una imagen perturbadora de mi propósito homenajeador que, en definitiva, es lo que intento. Pero acaso no haya tal desequilibrio ni mis recuerdos sean tan baldíos como para que no tengan cabida en mi intento de emparejar en un propósito común el objetivo único que une a los artistas de todas las disciplinas.  Elaborar arte y suscitar emociones. Así, volando mi imaginación, veo también a nuestro buen amigo Pedro ocupado en dar vida a un nuevo castillo de emociones. Él, como los humildes canteros de mis recuerdos o los escultores de nuestras catedrales, está también sentado frente a su bloque musical y sus herramientas de compositor. No hay a su alcance ni picas, ni plomadas, ni cartabones. Sus herramientas son un pentagrama expectante, unas notas juguetonas y una mente entregada a la emoción. Le veo paciente y sereno poniendo orden a la algarabía bullente de símbolos a su alrededor para, compás a compás, dar con ellos rienda suelta a su entusiasmo. Y después de largas horas de entrega, hasta completar el delirio, le adivino sonriendo hacia adentro mientras escucha embelesado las voces que darán vida a su obra.


Y esta se ha vestido de gala para el bautizo y nos ha correspondido a nosotros el honor de darle el primer aliento de recién nacida. Y ha sonado airosa y alentado emociones y esperanzas y, a partir de hoy, será una brillante gota más en el exquisito océano musical de todos los tiempos. Y sin duda, alguien, como yo a mis canteros y escultores, cuando la escuche atento y embelesado, también te verá a ti, Pedro, sentado frente al piano dejando en cada tecla lo mejor de ti mismo, y saboreará la obra y admirará a su autor.

Por todo ello, por permitirnos el honor de interpretar tus sentimientos, gracias amigo Pedro. Esta noche, compañeros, hemos vestido de gala, ―al menos ese ha sido nuestro intento―, el trabajo musical de un hombre entregado a la tarea de llenar la vida con horizontes de belleza. Lo mismo que aquellos tallistas dieron vida a mi sueño y con él llenaron de esperanza el devenir de aquellos niños grises, Pedro contribuye con su música tallada a construir un espacio lleno de armonías y equilibrio entre tanto despropósito como nos rodea.

Desde las canciones de aldea de nuestros antepasados hasta las grandes sinfonías de los músicos más eminentes no hay una sola nota desdeñable porque detrás de cada una hay un ser humano empeñado en dignificar la especie a base de emociones y tesón. Gracias a todos. Gracias hoy, de modo especial a ti también, amigo Pedro.

Burgos 26-12-2004


Egs

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