sábado, 13 de julio de 2013

EL "LOCTITE"

El ingenio humano para rebautizar a cada quisque no tiene límites, especialmente si el sujeto ofrece alguna pista segura para ser, además de originales con el apodo, certeros.

Hay un personaje adicto a la barra y no me refiero a la del lanzamiento en el tradicional deporte rural de Castilla, sino a la del bar con la que parece haber establecido un convenio de mutua asociación. El hombre llega al establecimiento y, dispuesto incluso a esperar que se libere el lugar que ocupa habitualmente, se acoda en el mismo rincón, y consume a breves sorbos la caña de cerveza que le acaban de servir. No es lo que se dice un hombre locuaz, lo que le convierte en indiferente y por tanto ajeno a las tertulias que se desgranan entre las cuadrillas que acuden diariamente al reclamo de la sed y la charla. Cualquiera que desconozca su hábito estático puede pensar que es una de esas estatuas que ahora colocan en los lugares más estratégicos de las ciudades como atractivo cultural y turístico. Pero no; porque si bien es evidente que se mueve poco o nada y que raramente se desplaza lejos de su área de asentamiento a lo largo del mostrador, lo cierto es que su quietud es tan absoluta y su presencia tan discreta que parece pegado firmemente a la barra que le sustenta.




Y aquí viene el ingenio a que me refiero. Como su hábito es diario y la quietud absoluta, los incondicionales del establecimiento que le conocen y le contemplan de ese modo cada día y a la misma hora, han dado en apodarle “LOCTITE”. Eso, como el poderoso pegamento que parece mantenerlo adherido.     

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