viernes, 8 de febrero de 2013

CHEMA






Mi amigo Chema, colega en la afición musical, dinámico y servicial por naturaleza, cordial por convicción y excelente bajo, es un perfecto amigo con el que comparto, además de una grande y sincera amistad, la común vocación por la música coral y con el ella el placer de cantar en grupo. Ambos pertenecemos a la Coral de Cámara San Esteban de Burgos y en ella hemos hecho realidad nuestro sueño de interpretar las hermosas melodías del Renacimiento –siglos XV y XVI–, cantar las magistrales composiciones del maestro Tomás Luis de Victoria, entre otros célebres compositores, o sentir pasión por los espirituales negros. Todo esto, que poco o nada tiene que ver con el propósito que pretenden estas líneas, sirve, sin embargo, para advertir en ambos una especie de identidad personal con la que aceptamos toda suerte de principios éticos, permanente proclividad a la tolerancia y, sobre todo, la más consecuente práctica del respeto mutuo como norma de conducta social.

Sin embargo, en los últimos tiempos nuestra perplejidad sube de tono cada vez que el deambular ciudadano de cada día nos depara algunas sorpresas difícilmente aceptables, considerando los principios aludidos. 

Caminaba mi buen amigo por delante de un par de adolescentes, entretenidos en el manejo de un juguete, aparentemente inofensivo que, al parecer, no lo debía de ser tanto. Y digo al parecer porque instantes después de observar la presencia de ambos a su altura, sintió un impacto seco y doloroso en la pierna resultado del disparo del juguete que manipulaban. Chema se paró y encaró a los dos muchachos para censurarles su conducta haciendo uso de los mejores modales de su talante conciliador. El resultado no pudo ser más deplorable por cuanto el principal causante del desafuero, haciendo gala de una insolencia inesperada, admitió insensible la torpeza, se disculpó con impertinente desparpajo y dejó a mi amigo especialmente maltratado por semejante conducta. 

Este hecho, que no define en absoluto a todos los quinceañeros celtíberos, obviamente, sirve de referencia para convertir en inquietantes las frecuentes referencias que muestran comportamientos altaneros como el apuntado. Conductas que sorprenden y alarman a quienes hemos vivido otras formas de relación social, cuando menos más moderadas. Ciertamente son casos aislados pero, lamentablemente, más frecuentes de lo que sería razonable. Especialmente en el ámbito educativo en que el abuso de la tolerancia convierte a los docentes en cautivos de la indisciplina y los malos modos. Inermes ante la singular interpretación de la tolerancia como ámbito para el “todo vale” convierte el esfuerzo educativo en una tarea titánica contra los perturbadores y los indolentes. Los primeros, protegidos por la nefasta permisividad instalada socialmente, y los segundos, incapaces de aceptar el esfuerzo como incuestionable forma de progreso personal, convierten las aulas en un martirio para el reducido grupo de alumnos laboriosos que participan con el profesor en el hastío de unos y otros.

Ya se sabe; “son chicos… " ¿?

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